In LSD Veritas -

Benvinguts al meu racó.


O acabamos con el Sistema, o éste acaba con nosotros.

miércoles, 24 de febrero de 2016

Contra los pastores, contra los rebaños- Albert Libertad.

           
                                     
                               
                               

                                           Nuestras voluntades



Somos anarquistas porque buscamos la libertad y el bienestar y
porque, en buena lógica, combatimos contra todo aquello que es
contrario al bienestar y a la libertad. Por esta razón, combatimos
contra la organización completa de la sociedad de hoy y trabajamos
en esa revolución que debe forzosamente destruirla. Trabajamos en
la revolución social, es decir, regeneradora de la sociedad, arrojan-
do entre la multitud de los seres humanos ideas de independencia
y rebelión. Actuamos así porque sabemos que las revoluciones no
se decretan, porque no son más que el coronamiento de una evolu-
ción, de un cambio completo en las ideas. Una revolución no estalla
de golpe; es simplemente un producto, una conclusión.
Esos que nos hablan de hacer la revolución de la noche a la ma-
ñana, como se puede construir una máquina o romper un vidrio,
no se dan cuenta de que se ponen en flagrante contradicción de las
leyes de la evolución, de que no obedecen más que a sus pasiones,
sin contemplar en absoluto la imposibilidad de su deseo.


Del mismo modo que para la transformación radical del suelo, pa-
ra la transformación radical de las sociedades es precisa una larga
preparación, una fermentación continua. Ningún cataclismo se pro-
duce de forma súbita; solo poco a poco, a consecuencia de cambios
casi insensibles, se llega a esa explosión que llamamos revolución.
Cuando se dejan oír ruidos subterráneos, cuando se ve subir la
temperatura de los manantiales, hundirse terrenos, se puede prever
un temblor de tierra, una revolución geológica. Del mismo modo,
en la vida social, cuando vemos que se producen descontentos, que
se lesionan intereses, que se agravan los sufrimientos, cuando se
dejan oír las protestas, se puede prever también un cataclismo en
la sociedad, una revolución.

Y, sin duda, los signos precursores de la revolución social, que
transformará el viejo mundo, se distinguen fácilmente a poco que
se los observe. Uno se pregunta por qué antagonismos tan crue-
les dividen a la humanidad; por qué tantos personajes más o me-
nos odiosos mandan sobre los demás, sobre la gran mayoría de los
hombres.


Si nosotros, anarquistas, lanzamos nuestras ideas entre las ma-
sas para hacerlas germinar, para hacerlas penetrar en los cerebros
de los que son gobernados, explotados sin misericordia, es con el
fin de preparar a los espíritus para la revolución o, mejor dicho, pa-
ra revolucionar los espíritus. Pues solo cuando los cerebros estén
dispuestos para la revolución —es decir, cuando tengan conciencia
del cambio que nos parece necesario para el bienestar y la libertad
del hombre—, cuando hayan llegado a considerar dicha revolución
como una necesidad que hay que satisfacer sin dilaciones, solo en-
tonces, fatalmente, se producirá el cataclismo y el viejo mundo se
hundirá por sí mismo, porque ya no tendrá razón de ser.

Por eso no tenemos, como otros, la pretensión de hacer la revo-
lución, de organizarla y de trazar su ruta. No queremos centrali-
zación, ni aglomeración, ni administración, y esto porque sabemos
que siempre van contra la libertad; y que, al estar contra la libertad,
son una fuente perpetua de desórdenes, de problemas, de confusión.
Pedimos, coherentes con nosotros mismos,no ser mandados ni di-
rigidos. Colectivistas, federalistas o centralistas, comunistas más o
menos revolucionarios, todos creen en la necesidad del poder. Solo
nosotros no creemos.

Como suele decirse, cada uno con sus ideas, ¿no es así?, y se pue-
de entrar en discusiones contradictorias. No tenemos la pretensión
de ser providenciales y no decimos: ¡fuera de nuestras ideas, no hay
salvación! ¡no hay emancipación! No somos exclusivistas ni exco-
mulgamos a nadie. Tal o cual partido no podría decir lo mismo,
pues parece que, siguiendo el ejemplo del catolicismo, las excomu-
niones están de moda en el partido obrero. Tal cosa no es, bien es
cierto, más que una confesión de impotencia o de debilitamiento.

Combatimos contra todo principio de autoridad, de acaparamien-
to. Es decir que, cualquiera que sea la forma del poder, del gobierno,
nosotros la atacamos. Esto es lo que nos caracteriza: no más go-
bierno de ningún tipo, aunque sea revolucionario, aunque sea co-
munista. Tal es nuestro programa. No queremos más gobierno de
lo que queremos propiedad. No reconocemos a nadie el derecho a
decirse amo de tal o cual cosa. Los anarquistas combaten, pues, con-
tra toda usurpación del poder, contra toda usurpación de la riqueza
natural o social.

La razón es que el gobierno y la propiedad son las bases sobre las
cuales se sustenta la organización social actual, organización en
cuya destrucción trabajamos ardientemente. Sí, todo aquello que
deriva de dicha organización, todo lo que de ella depende, todo lo
que contribuye a legitimarla o fortificarla encuentra en nosotros
enemigos implacables, que no transigen. El individuo, para subsis-
tir, para gozar, no tiene necesidad de ser dirigido ni de estar cogido
por la panza; en absoluto son necesarios ni gobernantes ni sacerdo-
tes ni propietarios para que la humanidad viva. Por eso levantamos,
contra el edificio antagónico que alberga a la organización social
actual, el estandarte de la rebelión.

Descargar libro completo: "Contra los pastores, contra los rebaños"

martes, 23 de febrero de 2016

Reflexiones: Estado, sociedad, libertad.




Con tanto odio, el enemigo puede aparecer en cualquier lugar.

Si la mayoría decide el destino de la sociedad, la minoría que está en contra, estará abocada al fracaso o al éxito del camino elegido por la mayoría.

Las concesiones del Poder ya sea a grupos, sindicatos, organizaciones y en última instancia a partidos políticos (que aspiran a una cuota de poder en el gobierno) que son contrarias a los intereses del Capital y por ende favorables a las clases populares por medio del Estado, acaban siendo víctimas y asimiladas por éste. En estas circunstancias la posible ruptura e independencia de las clases más desfavorecidas por el sistema de dominación capitalista se hace una quimera al verse absorbidas por el aparato burocrático del Estado.

Las concesiones del Estado Capitalista bajo el manto de un democracia representativa a través del parlamentarismo siguen una estrategia en la que el pueblo no advierta que el sistema actual es totalitario y por lo tanto dictatorial y que echaría abajo los pilares en los que se sustenta el sistema en apariencia invisible (por una inmensa mayoría) de dominación.

De la lucha de clases se ha pasado sólo a la lucha por la supervivencia, el enemigo ha quedado interiorizado por el adoctrinamiento a través de la propaganda emitida por el Capital e invisibilizado por el Estado.

Si para el Estado la violencia es un fin para someter al individuo, éste para liberarse del yugo de aquel debe usar la desobediencia como fin y sólo la violencia como medio de supervivencia preventivo.

Nuestra libertad es fingida, es una ficción representada por la sociedad que ha asimilado a través de la propaganda una falsa percepción de la realidad.

El precio de la libertad resulta demasiado cara para el que no está dispuesto a sacrificarse para conquistarla.

La libertad es vencerse a sí mismo.


Las mayoría que es partidaria de la democracia representativa nos conduce a un infierno programado y controlado, donde el colapso y la crisis sistémica (escasez de recursos y empleo) dará paso a una selección artificial de los individuos más adaptados al sistema en decadencia progresiva que reproducirá las formas destructivas y degeneradas de vida, y que sucumbirán como único fin en la lucha por la supervivencia individual como modus vivendi.

La administración de la muerte en forma de progrom selectivo controlado por el Estado y que afectará a la parte dependiente y por ende parasitaria de la sociedad que esté menos adaptada al sistema de dominación pasará a un segundo plano como elemento inactivo en la producción (capitalista u otra) total.
Los individuos menos adaptados dejarán de ser ya de utilidad y serán desechados, sus posibilidades tanto de procreación y supervivencia serán menores. La importancia que tendrá el individuo para el sistema de dominación será su capacidad de competitividad y de lucha, la vida pública será prácticamente nula y la vida privada ofrecerá en base a la tecnología al superviviente las vías de escape para la huida del infierno en el que va a tener que vivir.

Niño de Elche + Banda. Miénteme

lunes, 15 de febrero de 2016

Algunas consideraciones sobre el terrorismo, los medios comunicación y la vida.


El terrorismo (como violencia planificada) antes que nada lo funda el Estado moderno como ente de poder mayoritario, por ejemplo con sus instituciones represivas como la policía o el ejército. Si hacemos un repaso a la historia vemos como también el cristianismo o su máxima institución representada por la Iglesia Católica a través de la Inquisición cometió todo tipo de atrocidades a los que consideraba sus enemigos, véase torturas y asesinatos.
Cuando el terrorismo ha sido utilizado por grupos minoritarios en oposición a los mayoritarios ya sea como defensa o para conquistar cuotas de poder ha sido entre otras causas porque no le quedaban alternativas de lucha o no sabían como enfrentarse de otras forma al poder opresor, véase por ejemplo el anarquismo, cuando mataba a reyes o presidentes.
Y si profundizamos un poco más, vemos que el terrorismo es un fenómeno que existe como tal en la sociedad moderna ya sea de forma más velada e indirecta, en su forma más subliminal, por ejemplo en las relaciones interpersonales.
También se podría decir de otra manera, el Estado moderno es quién propicia y gestiona el terrorismo en la sociedad, para ser después el garante de la seguridad y de la justicia.
El Estado moderno funda el terrorismo para consolidar su poder como institución de instituciones que organiza a la sociedad, como el Estado fue posterior a la sociedad, se creó a través de una élite de poder que instaura la violencia como método de control y dominio hacia el resto de la sociedad o en nuestro caso a una gran mayoría desposeída de herramientas para contrarrestar la fuerza de la minoría opresora.
De todos modos y aunque en tribus primitivas se dieran conflictos (violencia espontánea) entre sus individuos que provocasen muertes por alguna disputa, no se podría comparar de ninguna manera con el terrorismo del Estado moderno como violencia estructurada y planificada y como herramienta de control y coerción social que somete a sus súbitos a todos los niveles: económico, social y político.

Cuando el análisis sobre una cuestión no es lo suficientemente holístico y por contra tiende a la parcialidad, éste se hace subjetivo al receptor, con lo cual la percepción de la realidad queda distorsionada y la verdad de lo hechos puede ser moldeada y por lo tanto falseada por el medio que emite la información.

La vida no deja de ser absurda cuando se convierte en una lucha constante por la supervivencia.

viernes, 12 de febrero de 2016

"Contra la Democracia" - Grupos Anarquistas Coordinados





Crítica a la democracia actual

Revisando la historia del concepto democrático

Hablamos de democracia y aparece en nuestra cabeza el
mundo idílico de la Grecia clásica: hombres con toga,
charlando civilizadamente bajo el sol mediterráneo, envueltos
en blancas togas. Pensar esto es faltar claramente a la verdad.
La gran mayoría de las personas que vivían en la cuna de la
democracia lo hacían en la esclavitud, y del poder decisorio
quedaban excluidas también las mujeres. En el maravilloso
origen de la idea democrática sólo mandaban los hombres
propietarios y su poder se extendía a todas sus propiedades,
incluida la familia, incluidos los esclavos (¿os suena?). Eso sí,
los propietarios se trataban entre ellos como hombres libres
e iguales, cada uno mandaba y obedecía sucesivamente; y la
polis no se construía ideológicamente contra la naturaleza sino
que era la culminación de la organización social para que los
hombres libres (recalquemos esto de hombres libres, es decir,
propietarios) pudieran vivir bien.


Pero esta idea de sociedad supuestamente armónica desaparece
bajo el rumor de los tiempos, y no tiene nada que ver con
nuestra democracia. La que nosotrxs sufrimos es fruto de una
evolución histórica concreta que se inicia con la creación del
Estado moderno, que nace en un momento, un espacio y
unos paradigmas ideológicos determinados. En el siglo XVI
aparecen Hobbes, Locke y demás amigos que elaboran la teoría
del contrato social, escandalosamente viva aún hoy. La sociedad
civil, que vendría a ser la polis griega, sigue dándose entre los
hombres libres (propietarios), pero aparece un nuevo ente, el
Estado, donde los hombres libres ya no son iguales entre ellos.
El Estado es una creación artificial para tratar de resolver el
conflicto original, porque lo natural es la lucha de todos contra
todos, por eso de que “el hombre es un lobo para el hombre”
(por favor, nótese la ironía). Se impone una organización
crítica a la democracia actual vertical: una autoridad soberana sobre los ciudadanos-súbditos.


El nuevo paradigma de lo que es la sociedad se levanta contra
una naturaleza caracterizada como violenta y opresiva que
precede a aquello civilizado: la política. Por esto, el triunfo de
la sociedad es la creación del Estado moderno, que no es más
que la domesticación de la naturaleza, con todo lo que eso
comporta.

Después se sucederían las revoluciones burguesas: la inglesa,
la independencia de los Estados Unidos, la francesa... La
construcción del Estado tal como lo conocemos es fruto de
una historia y no debe pretender entenderse sin contemplar ese
desarrollo ideológico y material concreto. El Estado moderno
aparece ligado al Estado-nación, a la división de poderes como
garantía, a una retahíla de derechos y obligaciones inalienables.
Que los años pasaran, que se sucedieran las guerras y las
revoluciones, que ante la amenaza soviética se consolidase el
Estado de bienestar no cambia ni la sustancia ni el significado
del Estado moderno. Más allá de una relativa ampliación
de los límites de lo que es tarea del Estado en el Estado del
Bienestar, o de una supuesta participación de lxs ciudadanxs
en el funcionamiento formal del Estado democrático, estas
variantes del Estado moderno no tienen más objetivo que
seguir tratando de mantener ese orden artificial construido
contra y sobre la naturaleza y lxs ciudadanxs-súbditxs, haciendo
equilibrios conforme con las circunstancias y los requerimientos
históricos.


La institucionalización del Estado moderno y, aún más, su
forma democrática, implica el nacimiento de la ciudadanía.
Los individuos dejan de serlo y pasan a formar parte de una
realidad superior, el Estado, que les proporciona seguridad
mediante la conservación de unos supuestos derechos
naturales e inalienables pero que neutraliza también sus
tendencias perniciosas para la colectividad. De este supuesto
derivan tres cuestiones clave, a saber: la primera, qué es y que
no és considerado pernicioso para la colectividad, y quien lo
decide; la segunda, qué medidas se utilizan para neutralizar
contra la democracia estas tendencias perniciosas; y la tercera, estos derechos que
emanan de una autoridad superior a unx mismx sólo se tienen
cuando la autoridad los reconoce y tiene a bien concederlos.
Es el Estado quien define las tendencias perniciosas para la
colectividad, quien otorga los derechos y quien los garantiza,
quien decide qué es un derecho y qué no lo es, y quien los
impondrá o revocará por la fuerza si es necesario, pues para eso
goza de su monopolio.


Oposición a la democracia.

Sobrevivimos en un sistema de dominación. Cuando decimos
esto queremos decir que nuestras vidas están sometidas y
condicionadas por multitud de relaciones de poder que derivan
de estructuras enormes y profundas que se pueden concretar
en la clase, el género y la raza. Estos ejes de desigualdad tienen
bases tangibles.


Obviamente hay bases materiales, y si pensamos en los hombres
libres de la polis griega, es decir, en los propietarios, y en lxs
esclavxs, lxs que trabajan y tienen una vida constreñida por tener
un lugar donde dormir y algo que comer, tal vez podríamos
encontrar puntos en común. En unos momentos en los que
no se habla más que de crisis económica, hay que valorar cual
es la relación entre economía y política. Consideramos que la
democrácia es la fachada política del sistema económico que es
el capitalismo. Que son dos piezas que pertenecen a la misma
maquinaria, y que se relacionana entre ellas en una especie
de simbiosis para garantizar la continuidad del statu quo. El
Estado cubre las necesidades económicas de grandes empresas
y bancos, si es necesario, y da subvenciones y ayudas, sólo
si es muy necesario para mantener la estabilidad del sistema
económico y proteger la paz social.
También hay bases legales, esto es, ideológicas: si nos ponemos
a analizar cualquier declaración de derechos (y si lo hacemos
no es para concederles la más mínima validez, sino porque
son manifestaciones explícitas de las ideas e intenciones del


Crítica a la democracia actual
Poder) vemos que no sólo regulan aquello que supuestamente
pertenece al ámbito público, como los derechos políticos o
el derecho a la propiedad privada, sino que pretenden cubrir
todas las esferas, también aquello pretendidamente privado. Es
desde el Estado donde se construyen, se prescriben y se (de)
limitan todas las relaciones: las políticas, las económicas y las
personales.


Estas bases ideológicas que son las que hacen que se perpetuen
las desigualdades, que todxs sus súbditxs nos relacionemos
partiendo de ellas: prescriben, delimitan y justifican pautas
de comportamiento. Es el pensamiento democrático, que
dicta lo que debe hacerse y lo que no y, aún más, cómo debe
hacerse. Si hemos dicho que el Estado se entromete en todo, en
cualquier momento y situación, el pensamiento democrático
es su garante. Pensamos lo que el Estado y sus herramientas
de control (la escuela, los medios de comunicación, la presión
de vecinxs y familiares) permiten que pensemos. Se supone
que en un Estado democrático somos libres de pensar lo que
queramos, pero nuestra imaginación se ve atrapada en la
imposición de una realidad muy concreta y acobardada por
el miedo a la marginación o al oprobio. Aún más, aunque
logremos pensar algo que no deberíamos pensar, el Estado
tiene aún más herramientas amenazantes por si se diera el caso
de que se nos ocurriera llevarlo a cabo: la represión en todas
sus formas (cuerpos policiales, cárceles, psiquiátricos, centros
de menores y demás instituciones que defiendan la sociedad de
semejantes tendencias perniciosas).


Sea como fuere, la cuestión es que en las formas contemporáneas
del Estado moderno este ya no está sólo contra y sobre los
individuos, sino también dentro de esos individuos. Su poder,
pues, es más sútil, menos visible y, por ello, más peligroso. El
Estado no es una estructura ajena a nosotrxs, no es un ente
abstracto ni una realidad tangible sólo a nivel de condiciones
materiales o de instituciones políticas, sino que es una realidad
que pretende abarcarlo todo y cuyo orden está presente en
(casi) todo, una realidad totalitaria en el sentido más crudo
contra la democracia y literal del término. Ser conscientes de ello, desafiar al
Estado en todas sus formas y en cada momento, desmontarlo,
destruirlo... atrevernos a imaginar nuevas maneras de vivir y de
luchar contra esa realidad que nos constriñe.

Descargar: "Contra la Democracia"

Apátrida por voluntad propia. Sobre la prisión de lo Posible. - Núria Güell

La nacionalidad se concibe como la cualidad que infunde a una persona el hecho de pertenecer a una comunidad nacional organizada en forma de Estado. El proyecto surge de mi desidentificación con la estructura Estado-nación y de mi rechazo a la nacionalidad como construcción identitaria impuesta.

Solicité a la Subdelegación del Gobierno de Girona renunciar a mi nacionalidad adquiriendo el estatuto de apátrida, petición que me fue denegada. En respuesta a esta negativa encargué a una abogada un estudio de la legislación española revelando que solo está contemplada la perdida de la nacionalidad como castigo proveniente del Estado, no está contemplada la posibilidad de que una persona pueda elegir rechazar su nacionalidad.

Con el objetivo de poder elegir renunciar a la nacionalidad por voluntad propia, en un segundo proyecto llevaremos a cabo un diálogo legal con el Estado, basándonos en el principio de autodeterminación del sujeto.


http://nuriaguell.net




martes, 9 de febrero de 2016

Yolanda en el país de los estudiantes - Isabel Rodríguez (2013)

Sinopsis: Narra la historia, durante la transición política española o segunda restauración borbónica, de Yolanda González Martín, militante del Partido Socialista de los Trabajadores y parte activa del movimiento estudiantil, y la de su asesino, Emilio Hellín Moro, elemento parapolicial.






Fuente: http://www.rebeldemule.org/foro/documental/tema14431.html

lunes, 8 de febrero de 2016

Libertad: "Titeres desde abajo"

La sociedad se divide en dos clases, la clase gobernante que tiene el derecho a ejercer legítimamente el Poder y la clase gobernada que es la victima de las consecuencias del Poder.


           
             

                                Libertad para los compañeros detenidos por el Estado español.  

jueves, 4 de febrero de 2016

La violencia como factor social. Errico Malatesta (1895)





La violencia, es decir, la fuerza física usada para el daño de un otro, que es la forma más brutal que puede asumir la lucha entre las personas, es eminentemente corruptora. Tiende, por su naturaleza misma, a sofocar los mejores sentimientos del ser humano, y a desarrollar todas las cualidades antisociales: la ferocidad, el odio, la venganza, el espíritu de dominación y la tiranía, el desprecio por el débil, el servilismo hacia el fuerte.

Y esta dañina tendencia surge también cuando la violencia se usa para un buen fin. El amor a la justicia que le incitara a uno a la lucha, en medio de todas las buenas intenciones originales, no es suficiente garantía contra la influencia corruptora ejercida por la violencia sobre la mente y los actos de quien la usa. En la vorágine de la batalla uno a menudo pierde de vista el fin por el que se lucha, y solo piensa en devolver, por cientos si es posible, los golpes recibidos; y cuando al fin la victoria corona los esfuerzos de la parte que luchó por la justicia y la humanidad ya está ésta corrupta y es incapaz de realizar el programa que le inspiró.

Cuántas personas que entran en una lucha política inspirados por el amor a la humanidad, a la libertad, y a la tolerancia, terminan por volverse crueles e inexorables proscriptores. Cuántas sectas han comenzado con la idea de hacer una obra de justicia al castigar a un opresor a quien la “justicia” oficial no podía o no podría golpear, y han terminado volviéndose instrumentos de venganza privada y de vulgar codicia…

Y los anarquistas que se rebelan contra todo tipo de opresión y luchan por la libertad integral de cada cual, y que debiesen por ende retraerse instintivamente de todo acto de violencia que deje de ser mera resistencia a la opresión y se torne opresora en vez de liberadora, también son propensos a caer en el abismo de la fuerza bruta.

Los hechos han probado que los anarquistas no son libres de los errores y faltas de los partidos autoritarios, y que, en su caso como en el de el resto de la humanidad, los instintos atávicos y la influencia del entorno son a menudo más fuertes que las mejores teorías y las más nobles intenciones. La excitación provocada por algunas de las explosiones recientes y la admiración por el coraje con el que los arroja-bombas enfrentaron la muerte, fueron suficientes para hacer que muchos anarquistas olvidasen su programa, y entrasen en un camino que representa la más absoluta negación de todas las ideas y sentimientos anarquistas.

El odio y la venganza parecieron haberse vuelto la base moral del Anarquismo. “La burguesía hace tanto mal o peor”. Ese es el argumento con el intentaron justificar y exaltar todo acto brutal. “Las masas están brutalizadas; debemos forzar nuestras ideas en ellos por medio de la violencia”. “Uno tiene el derecho a matar a aquellos que predican falsas teorías”. “Las masas permiten que seamos oprimidos; venguémonos contra las masas”. “Mientras más trabajadores uno mate menos esclavos quedan”. Tales son las ideas corrientes en ciertos círculos anarquistas… una reseña anarquista, en una controversia sobre las distintas tendencias del movimiento, respondió a un compañero con este argumento incontestable: “Habrá bombas para ti también”.

Es cierto que estos ultra-autoritarios, que tan extrañamente persisten en llamarse a sí mismos anarquistas, son solo una pequeña fracción que adquirió una importancia momentánea debido a circunstancias excepcionales. Pero debemos recordar que, hablando en general, entraron al movimiento inspirados por aquellos sentimientos de amor y respeto por la libertad de los demás que distinguen al verdadero anarquista, y solo a consecuencia de una suerte de intoxicación moral producida por la lucha violenta, llegaron a defender y a ensalzar actos y máximas dignas de los más grandes tiranos.

Tampoco debemos olvidar que todos, o casi todos, hemos corrido el mismo peligro, y que si la mayoría de nosotros se ha detenido a tiempo es quizás por estas exageraciones dementes que nos han mostrado con antelación en qué abismo estábamos en peligro de caer. Por ende el peligro de corromperse con el uso de la violencia, y de despreciar a las personas, y de volverse cruel así como también perseguidores fanáticos, existe en todos. Y si en la revolución por venir esta degradación moral de los anarquistas fuese a prevalecer a gran escala, ¿qué sería de las ideas anarquistas? ¿Y cuál sería el resultado de la Revolución?

Que no consideremos a la humanidad como una concepción metafísica desprovista de realidad, y que no transformemos el amor por los demás en un continuo, absurdo, e imposible auto-sacrificio. La humanidad es el total de las unidades humanas, y todo aquel que defiende en sí mismo aquellos derechos que reconoce en los demás, los defiende en beneficio de todos. El altruismo no puede ir más allá de amar a los demás como uno se ama a sí mismo, de otro modo deja de ser una realidad práctica, y se vuelve una idea nubosa que puede que atraiga a algunas mentes inclinadas al misticismo, pero ciertamente no puede volverse una ley moral según la cual vivir.

El objetivo de la persona moral ideal es que todas las personas tengan el menor sufrimiento y la mayor dicha posible.

Suponiendo que el instinto predominante de auto-preservación sea eliminado, la persona moral, al estar obligada a pelear, debiese actuar de tal modo que el daño total infligido sobre los diversos combatientes sea el menor posible. En consecuencia no causará en el otro un gran mal para evitar sufrir uno leve. Por ejemplo, no debiese matar a una persona para evitar ser puñeteado; pero no dudaría en romperle las piernas si no pudiese hacer otra cosa para prevenir que le maten. Y cuando es asunto de males semejantes, tales como matar para no ser muerto, incluso ahí me parece a mí que es un beneficio para la sociedad que el agresor muera en vez del agredido. Pero si la auto-defensa es un derecho al que uno podría renunciar, la defensa de los demás a riesgo de herir al agresor es un deber de solidaridad…

¿Es cierto… que las masas pueden emanciparse hoy sin recurrir a medios violentos?

Hoy, por sobre la gran mayoría de la humanidad que obtiene escasos medios de vida por su trabajo o que mueren queriendo trabajar, existe una clase privilegiada, que, habiendo monopolizado los medios de existencia y el manejo de los intereses sociales, explota vergonzosamente a los primeros y niega a los segundos los medios de trabajo y vida. Esta clase, que son influenciados solamente por una sed de poder y lucro, no muestran inclinación alguna (como lo muestran los hechos) a renunciar voluntariamente a sus privilegios, y a fundir sus intereses personales con el bien común. Por el contrario, está siempre armándose con medios más poderosos de represión, y usa sistemáticamente la violencia no solo para controlar todo ataque directo a sus privilegios, sino también para aplastar en su germinación todo movimiento, toda organización pacífica, cuyo crecimiento pudiese poner en peligro su poder.

¿Qué medios aconseja Bell para salir de esta situación? ¿Propaganda, organización, resistencia moral? Ciertamente estos son los factores esenciales en la evolución social, y es desde ellos que debemos comenzar, y sin éstos la violencia revolucionaria no tendría sentido, es más, sería imposible. Bell admite el derecho de los trabajadores a romper las puertas de una fábrica para tomar las maquinarias, pero no reconoce su derecho a dañar al dueño de la fábrica. Y en esto está en lo correcto si el dueño cede a que los trabajadores procedan sin oponérseles por la fuerza. Pero por desgracia la policía vendrá con sus bastones y revólveres. ¿Qué debiesen hacer los trabajadores entonces? ¿Debiesen permitir ser tomados y enviados a prisión? Ese es un juego del que uno pronto se cansa. Bell ciertamente admite que los trabajadores tienen el derecho a organizarse para la derrota de la burguesía por medio de una huelga general. ¿Pero qué hay si el gobierno envía soldados a masacrarlos? ¿O qué hay si la burguesía, que después de todo puede darse el lujo de esperar, se espera? Será absolutamente necesario para los huelguistas, si es que no quieren que se les mate de hambre al segundo día, tomar alimentos de donde sea que puedan hallarlo, y como no se les dará sin resistencia, estarán obligados a tomarlo por la fuerza. De modo que o bien tendrán que luchar o considerarse vencidos. 

En realidad el error de Bell consiste en esto, que mientras discute los métodos para lograr un ideal presupone que el ideal ya está logrado. Si fuese realmente posible progresar pacíficamente, si los partidarios de un sistema social distinto al que nosotros queremos no nos forzaran a someternos a él, entonces podríamos decir que estábamos viviendo bajo la anarquía.

Pues, ¿qué es la anarquía? No queremos imponer a otros ningún sistema rígido, ni tampoco pretendemos, al menos yo no, poseer el secreto de un sistema social perfecto. Deseamos que cada grupo social sea capaz, dentro de los límites impuestos por la libertad de los otros, a experimentar respecto al modo de vida que cree que sea el mejor, y nosotros creemos en la eficacia de la persuasión y el ejemplo. Si la sociedad no nos negase este derecho no debiésemos tener derecho a quejarnos, y simplemente tendríamos que esforzarnos por hacer nuestro sistema lo más exitoso, de modo de probar que era mejor. Es solamente porque hoy una clase tiene el monopolio del poder y las riquezas, y es por lo tanto capaz de forzar a las personas, a punta de bayoneta, a trabajar para ella, que nosotros tenemos el derecho, y es nuestro deber, luchar por alcanzar, con la ayuda de la fuerza, aquellas condiciones que hacen posible experimentar mejores formas de sociedad.

En resumen, es nuestro deber llevar la atención a los peligros concomitantes al uso de la violencia, a insistir en el principio de la inviolabilidad de la vida humana, a combatir el espíritu de odio y venganza, y a predicar el amor y la tolerancia. Pero cegarnos a las verdaderas condiciones de la lucha, renunciar al uso de la fuerza para el propósito de repeler y atacar a la fuerza, dependiendo en la fantasiosa eficacia de la “resistencia pasiva”, y en el nombre de una moral mística negar el derecho a la auto-defensa, o restringirlo al punto de tornarlo ilusorio, puede solamente terminar en nada, o en dejar el campo de acción abierto a los opresores.

Si realmente deseamos luchar por la emancipación del pueblo, no nos hagan rechazar en principio los medios sin los cuales la lucha nunca podrá terminar; y, recordemos, las medidas más enérgicas son también las más eficientes y las menos derrochadoras. Solo no nos dejen perder de vista el hecho de que la nuestra es una lucha inspirada por el amor y no por el odio, y que es nuestro deber hacer todo lo que esté en nuestro poder por ver que la violencia necesaria no degenere en mera ferocidad, y que solo sea usada como arma en la lucha de lo correcto contra lo errado.



Fuente: http://nordicanger.blogspot.com.es/2016/01/la-violencia-como-factor-social-errico.html

lunes, 1 de febrero de 2016

Estado, miedo y ética.



El motor de la humanidad es el miedo.

El miedo es el refugio del esclavo.

La ética no se enseña, se práctica.


El Estado como indica su origen etimológico es una institución inmóvil, petrificada, que está sujeta a unas directrices que permanecen fijas y nunca se renuevan y cambian en lo esencial y que por lo tanto consolidan y perpetúan a una élite en el poder que rige el destino de la sociedad.
Es por esta misma causa que el Estado también es corrupto en esencia al ser la culminación de este estado de cosas que anulan e impiden constantemente al individuo y a la sociedad ser sujetos de cambio y de revolución.

El mal y la perversidad del Estado se diluyen en la sociedad.

Lo que unifica al dominador y al dominado es el miedo a ser libres, por eso son esclavos de sus temores.